Pocos días después de la esperada asamblea general de Naciones Unidas el gobierno israelí decidió continuar con la expansión de sus asentamientos en Jerusalén oriental, lugar que los palestinos quieren como la capital de un futuro Estado independiente.
La reacción de los palestinos fue inmediata y dijeron que se trataba de una “provocación”, palabra que también utilizó Hillary Clinton al calificar la medida de “contraproducente”, y que podría ser vista como “provocadora”. La verdad, no es ninguna provocación. Al gobierno de Benjamín Netaniahu no le interesa “provocar” a los palestinos como si fuera un torero que agita su trapo rojo frente a las narices del toro. En realidad, no le interesa lo más mínimo lo que opinen, los palestinos, los europeos o los norteamericanos que –de todas maneras- casi siempre los terminan apoyando o utilizan su poder de veto para evitar una sanción del consejo de seguridad.
Al momento de analizar el conflicto hay que comprender la visión de los israelíes, porque ellos creen que están en su pleno derecho de continuar con los asentamientos en territorios que consideran como propios. Es lo que dijo con todas las letras el vocero de Netaniahu: “Gilo no es un asentamiento. Es un barrio en el corazón de Jerusalén, a cinco minutos del centro de la ciudad”. Los israelíes continúan ampliando los asentamientos porque consideran que esos territorios les pertenecen, sea por mandato bíblico o porque los conquistaron durante la guerra de 1967. Simple y sencillo. Y nadie “devuelve” algo que le pertenece.
El gobierno israelí que ocupó Cisjordania y la franja de Gaza durante la guerra de 1967 planteó que “administraría” -según sus propias palabras- estos territorios hasta devolverlos en el marco de un acuerdo de paz con Jordania y Egipto. Pero en 1977 la derecha accedió al poder y dio un giro radical que se mantiene hasta estos días. Oficialmente se dejó de hablar de territorios “administrados” u “ocupados” y se rebautizó Cisjordania como Judea y Samaria, tomando expresiones de la época bíblica para reafirmar la propiedad judía sobre esas tierras, incluyendo la parte oriental de la ciudad de Jerusalén ocupada durante la guerra. La cuestión no es semántica. Cuando el primer ministro Itzjak Rabin firmó los acuerdos de paz en 1993 la derecha lo acusó de traidor. En 1995 fue asesinado. Su asesino lo calificó de traidor por cederles tierras judías a los palestinos. Y muchos lo apoyaron. Demasiados como para pensar que Netaniahu cederá esos territorios.
30 de septiembre de 2011
Por Pedro Brieger
Publicado en brieger.telam.com.ar