Para entender la ética hacker

  A diferencia de los cracker, que se dedican a indagar la forma de intervenir en páginas web, el hacker es quien ya familiarizado con la sociedad de la información y el uso de computadoras, apuesta a generar cambios sociales a partir de la creación, modificación y difusión de programas computacionales

Para entender la ética hacker

Autor: Mauricio Becerra

 

A diferencia de los cracker, que se dedican a indagar la forma de intervenir en páginas web, el hacker es quien ya familiarizado con la sociedad de la información y el uso de computadoras, apuesta a generar cambios sociales a partir de la creación, modificación y difusión de programas computacionales.

Según la definición de los propios hackers, «es parte de una conciencia colectiva que promueve una sociedad que se funda en la autonomía, el apoyo mutuo, la autogestión, la libertad del conocimiento y la justicia social». Contra la imagen del experto informático como un sujeto solitario frente a una pantalla, el espacio del hacker es un hacklab, o sea, un laboratorio donde su conocimiento sobre software, redes, seguridad informática, producción de contenidos multimedia, electrónica y robótica lo comparte con otros en igualdad de condiciones.

Según comenta Oso, hacker chileno, «hay un fin social en el uso de la tecnología. Los conocimientos adquiridos se emplean para mejorar la sociedad, se hace ‘hacktivismo’ a partir de la difusión gratuita de las tecnologías (software y hardware) libres. Apostamos por contribuir a una sociedad más justa empleando las nuevas tecnologías como herramienta».

La leyenda cuenta que en la década   del 60 un grupo de programadores del  Massachusetts Institute of Technology (MIT), se autodenominaron hacker por el chasquido original del ensamblaje de computadoras (hack).

Décadas después, los medios comenzaron a denominar del mismo modo a quienes se colaban en los sistemas de información o creaban virus informáticos, por lo que, para diferenciarlos de su acción creativa, los propios hackers denominaron a aquellos como crackers.

En sus laboratorios habían experimentado con la Máquina Universal de Turing (MUT), creada en los años 40 y capaz de ejecutar cualquier procedimiento mecánico imaginable a partir de un algoritmo matemático. En los años 70 empezaron a conectarse diversas MUT a través del planeta, lo que permitió a sus usuarios transmitir señales, procesos y

resultados, además de los propios planos para fabricar una. Si alguien creaba una nueva máquina o la mejoraba podía redistribuirla a todos los creadores que participaban en la red: un Internet en pañales.

EL NACIMIENTO DE LINUX

A esta experiencia de un saber compartido se suma la creación del sistema operativo Linux -por el finlandés de 22 años Linus Torvalds, quien a partir de Design of the Unix Operating System, publicado por Maurice J. Bach en 1986, crearía una adaptación que ejecuta programas informáticos creados a partir del proyecto GNU-. Se trata de una serie de pequeños subproyectos mantenidos por voluntarios con el objetivo de crear o desarrollar un sistema operativo completo y autónomo, pero sobre una arquitectura de computadores compatibles, IBM/PC.

Linux es el desafío más serio a las patentes de Microsoft, software al que supera en transparencia y libre acceso. No sólo se puede usar de manera gratuita, también se puede desarrollar y modificar. Es decir, es un sistema operativo abierto por su libre acceso al código fuente, especie de ADN del programa.

Las matrices de Torvalds provienen de Richard Stallman, importante figura del movimiento por el software libre e investigador del laboratorio de inteligencia artificial del MIT. A su amplia experiencia como programador se suma su propuesta de un marco de referencia político y legal para el movimiento del software libre, como una alternativa al desarrollo y distribución de software privativo. Es también inventor del concepto de Copyleft, método para licenciar software de tal forma que éste permanezca siempre libre y su uso y modificación siempre beneficie a la comunidad.

A partir de este software libre y modificable comenzaron agruparse diversos colectivos en distintas partes del mundo. Así surgieron los primeros hacklabs en Florencia, Italia, con el evento Hackit de 1998, que se ha ido repitiendo cada año. En 2000 se celebró el primer hackmeeting hispanoparlante en Barcelona y cada año se han ido incorporando ciudades como Leioa, Madrid, Iruña, Sevilla y Menorca. Hoy existen hacklabs en España, Italia, Argentina, Chiapas y Santiago de Chile.

HACKMEETING EN CHILE

En Chile, el 25 de noviembre de 2006 se realizaba el primer Hardware Hack Coffe Party, convocado por el laboratorio de hackers del mítico okupa Aki (República 550). En la cita, que duró toda una noche, desarmaron computadores de desecho y lograron armar tres que quedaron funcionando.

«La idea del hacklab empezó cuando vino Pachanga, integrante de un hacklab español. El nos interiorizó de la cultura hacklab y carreteando con un amigo se nos ocurrió  hacerlo en Chile» comenta Reinaldo, uno de los iniciadores. Luego Dany, otro español de paso en Chile, les regaló un switch router, aparato que organiza, comunica computadores y permite la conexión para WiFi.

Marcela Rodríguez, cuenta que «el primer llamado lo hicimos con IRC y ahí salió el hosting; luego se compró el dominio (www.hacklab.cl), se armó la web y aquí estamos».

Una vez andando el hacklab, se realizó el primer hackmeeting (reunión de hackers) de este lado del mundo. Su llamado invitaba a «un encuentro libre y autogestionado que gira en torno a las nuevas tecnologías, sus implicaciones sociales, la libre circulación de saberes y técnicas, la privacidad, la creación colectiva, el conflicto telemático y mucho más». Al evento llegaron más de 200 personas. En dos días hubo charlas y talleres sobre software libre, «hacktivismo», comandos básicos de Linux, criptografía de seguridad de sistemas y un copiador de discos (bown station) con 8 gigabytes de música para quien quisiera reproducir. El hackmeeting fue simultáneo con otros realizados en Mataro, España, y Chicago.

La discusión se estructuró en nodos   de trabajo/actividad/difusión, en donde fueron puntos centrales el «hacktivismo», el ciberespacio, la telemática y sus dimensiones tecnopolíticas. A juicio de Rodrigo, uno de los participantes, el tema es «si la tecnología está al servicio de la humanidad y la democratización del conocimiento o para acceder a ella debes pagar licencias y derechos de autor, cosa que en Chile, como país pobre, genera mayor exclusión. Además tenemos derecho a abrir nuestros sistemas operativos y saber qué esconden».

Luego del hackmeeting empezaron a llegar computadores de desecho, denominados en la jerga como tarros. «Es casi todo desecho informático, pero nos sirve ya que los desarmamos y podemos armar otros», comenta Oso.

Patricio cuenta que «el fin es generar un lugar autogestionado y la difusión de las nuevas tecnologías de software libre y de código abierto, y que sea usado esto como una herramienta de lucha de la casa ‘okupa’. El acceso a la información es lo trascendental». No por nada valoran trabajar en Linux. Reinaldo añade que «puedo tomar el código, leerlo, modificarlo de acuerdo a mis necesidades, y esto redistribuirlo. Tener acceso al código fuente genera una libertad infinita y esa es la libertad que queremos, que no se vea cerrado el desarrollo de un software a una empresa, sino que sea de las personas, conocimiento mutuo y cooperación, abierto a que cualquiera lo conozca y cambie de acuerdo a sus necesidades».

La importancia de la transmisión libre de conocimiento la dimensiona Hugo Baronti, sostenedor de proyecto Joomla-Chile.cl, para quien «el conocimiento adquiere gran valor de uso en la etapa actual del capitalismo. Además, ocurre una estructuración en red de la sociedad, acompañada de una revolución tecnológica. Ambas provocan que la reproducción del conocimiento y su transmisión tengan un valor cercano a cero. Por lo tanto podemos pensar en una sociedad en que el factor más importante para la producción, el saber, puede funcionar sin la propiedad».

Baronti añade que «hoy en Internet circula el hardware libre, con toda la información y los planos necesarios para producirlo. Ya no es solamente cómo se hace una torta o produzco manzanas de mejor calidad, sino cómo hago una bicicleta o cómo hago una máquina para remachar. El plano de esa herramienta es libre, y en Internet también está el tutorial para aprender a construirlo».

El último encuentro fue en Valparaíso a principios de noviembre, ciudad donde se realizó una nueva versión del Hackmeeting Chile.

PAGAR LICENCIAS O AUTONOMIA

En Latinoamérica hay experiencias estatales de uso del software libre en Colombia, Brasil, Perú y Argentina, aunque el país con mayor avance es Venezuela. Su Ministerio de Ciencia y Tecnología cobija el Instituto del Software Libre; además, usa Linux en diferentes instancias del aparato público. A diferencia de estas experiencias que significan autogestión y no pagar licencias, en Chile se vio al ex presidente Ricardo Lagos con Bill Gates, dueño de Microsoft, y aceptando su donación de computadores para las escuelas. Pero al costo de tener que renovar las licencias de uso de los programas o ser víctima fácil de virus, Spyware (que alguien conozca qué páginas web se visitan y qué hay al interior de los archivos) o «troyanos».

En la agenda digital de los gobiernos de la Concertación (Piñera no ha sido capaz de diseñar una nueva) el énfasis es «ingresar a la sociedad de la información» a través de la creación de mercados. A juicio de Baronti «la apuesta del gobierno es seguir profundizando el modelo capitalista dándole certidumbre a los inversionistas extranjeros que así llegaremos al desarrollo».

A diferencia de esta forma de entrada a la denominada sociedad de la información, el software libre se puede vender, regalar, copiar, compartir y modificar. Todo esto protegido por la licencia GPL (General Public Licence), que lo convierte en una herramienta tecnológica que sus propios creadores han dejado fluir por el mundo. Un camino lento, alejado del marketing y autónomo.

En el mismo hackmeeting del 2006 se concluyó que el colectivo hackers apuesta por «generar una protesta electrónica y de desobediencia civil al sistema imperante en    los medios electrónicos chilenos», según apunta Marcela Rodríguez. «Se reutiliza chatarra tecnológica para su reapropiación colectiva. En este sentido, el hacklab reúne fragmentos de la periferia tecnológica y social para constituir un colectivo tecnopolítico experimental».

Baronti destaca la heterogeneidad del colectivo: «Eso es parte de la cultura hacker, que ha puesto en práctica la idea de compartir. Muchos participantes trabajan las horas que corresponde, y las horas que el capitalismo destina como tiempo de ocio para ir a consumir, las destinan a proyectos de dominio público. Y qué estamos haciendo con eso: ‘hackeando’ el sistema, haciendo una sociedad alternativa que está afuera del mercado».

 Mauricio Becerra R.

@kalidoscop

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