En el imaginario colectivo, las cuestiones urbanas parecen referirse, casi exclusivamente, a la infraestructura de la ciudad, como la disposición de vivienda, agua potable, drenaje, pavimentación, mercados de abasto, movilidad y muchas más del mismo corte. Es cierto que la producción de esta infraestructura urbana es indispensable para la vida cotidiana de la población, que siempre está muy urgida de los servicios que ofrece esa infraestructura, considerados algunos como derechos humanos. Sin embargo, toda la ciudad es el territorio privilegiado donde se reproduce el consenso que mantiene en el poder a la clase dominante de la formación económica y social predominante, por lo que, en ellas, en las ciudades, se desarrolla con mayor intensidad la lucha de clases. De esta manera, podemos decir, se produce la disputa por la ciudad que no se limita a la demanda de infraestructura.
Una propuesta alternativa para constituir un gobierno democrático en la ciudad, es precisamente el Derecho a la Ciudad, propuesta en 1967 por Henri Lefebvre, sociólogo marxista francés, cuando apareció su influyente ensayo “El Derecho a la Ciudad”, definido por propio Lefebvre, como el derecho de los habitantes urbanos a construir, decidir y crear la ciudad, y hacer de ésta un espacio privilegiado de lucha anticapitalista.
En pocas palabras: se trata de recuperar la ciudad para sus habitantes.
Por supuesto, como parte de su Derecho a la Ciudad, los sectores progresistas han de hacer la crítica a la urbanización capitalista, cuyas características provocan una triple segregación originada en la desigualdad social prevaleciente en las sociedades capitalistas: la segregación urbana; la segregación social y la segregación funcional.
La primera, la segregación urbana, transcurre en el plano de la subjetividad y se realiza mediante la separación en compartimentos y estancos de las funciones sociales de la educación, el pensar, el sentir, el desear y la recreación.
La segunda, la segregación social, se produce en el espacio urbano, segregación que se naturaliza con el sometimiento a la idea clasista de “vivir donde se puede pagar”. De este modo, en las ciudades capitalistas se produce una tendencia a desarrollar barrios socialmente homogéneos, donde los más pobres se localizan en los sitios menos adecuados para el desarrollo urbano y cuando ocupan territorios en los que los promotores urbanos consideran posible obtener una renta, se les despoja de ellos; el caso es que siempre los barrios pobres tienen a ocupar territorio decadentes hasta donde los ha arrojado la expansión de la urbe, sin servicios, constituyendo, así, zonas marginadas en todos sentidos, coexistiendo con espacios amurallados, verdaderos guetos, en los cuales se refugian los sectores de más altos ingresos, que viven en territorios que nada le piden a esos mismos guetos existentes en los países dominantes.
La tercera se refiere a la concentración funcional, de manera que los lugares de trabajo están separados de los de residencia, recreación, estudio, etc., lo que separa y distancia entre sí las distintas facetas y actividades de la vida personal y social.
Un proceso simultáneo a este despliegue deshumanizante de la segregación urbana, social y funcional es la que se manifiesta en la lógica del desarrollo urbano basada en la acumulación de capital, que va definiendo espacios homogéneos, indiferenciados, construidos con el propósito fundamental de facilitar el flujo del capital y el movimiento de mercancías, incluida la fuerza de trabajo: se trata de la infraestructura urbana construida para resolver las necesidades impuestas por la lógica de la ganancia.
El triple proceso de segregación, contribuye al vaciamiento o pérdida de la referencia de identidad cultural de la ciudad y del espacio urbano como valor de uso, es decir, se pierde la ciudad ligada a la cotidianeidad de la vida colectiva y su valor de uso se somete a la lógica del capital y la especulación inmobiliaria, despojando a la población de los espacios urbanos donde se desarrolla la vida en común. Las calles dejan de ser lugares para pasear y quien lo haga puede ser “denunciado a las autoridades”. De esta manera, la subordinación del desarrollo urbano a los propósitos de ganancia del capital naturaliza la vida de la ciudad segregada social y espacialmente, además de segmentar sus distintas funciones.
Finalmente, podemos decir que las cosas son así porque las ciudades se construyen alrededor de las necesidades de la acumulación de capital, ahora hay que hacerlas alrededor del ocio. Ya la sociedad francesa se movilizó en contra de aumentar dos horas a la jornada laboral, exigiendo más horas para al ocio.
Foto: Archivo El Ciudadano
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