Por Miguel Angel Rojas Pizarro
Queridas chilenas, queridos chilenos, hermanas y hermanos pescadores artesanales:
Me presento: Soy Arturo Prat Chacón, antes que marino y abogado, fui un niño de campo, el sexto de once hijos, nacido en Ninhue, en el seno de una familia humilde. Mi abuelo lo perdió todo en un incendio, y desde entonces, mi familia vivió con lo justo. Solo gracias a una beca pude ingresar a la Escuela Naval, porque no había dinero para pagar estudios y el resto de mi historia ya es conocida.
Hoy no vengo a hablarles desde un pedestal, sino desde la tierra misma, desde la orilla del mar que tanto amo y que compartimos. Vengo con el corazón dolido, pero firme, porque cuando veo cómo tratan a quienes viven y trabajan del mar, siento que la patria está sangrando.
Fui marino, que sabía que el valor no está en la jerarquía, sino en el compromiso con los que viven del mismo mar que defendí con mi vida. Fui abogado, pero, sobre todo, un hombre de principios. Y si algo aprendí en mi corta vida, es que la verdadera patria no está en los discursos, ni en los trajes de gala, sino en ustedes, el pueblo y sus trabajadores: En el esfuerzo del que lanza su bote al alba, en la madre que espera con el almuerzo caliente, en el niño que sueña con aprender el oficio de su padre.
Por eso hoy me duele. Me duele ver cómo la riqueza del mar, ese mar por el que tantos dimos la vida en tantas batallas históricas del pasado, hoy ha sido entregada a unos pocos. Al igual como lo señalo en mi tesis en 1876 “Observaciones a la Lei Electoral Vijente», donde señalé que los partidos políticos pondrían sus propios intereses sobre el bien común de la patria. Hoy, a más de 150 años, me doy cuenta de que tenía razón. Me indigna que una ley, escrita en oficinas lejanas y enredada en favores e intereses, haya condenado a miles de familias al olvido. Y peor aún, me estremece saber que cuando ustedes han levantado la voz con dignidad, les han respondido con balas de goma, con gases y golpes. Oficiales de Marina que se titularon de la Escuela que lleva mi nombre. ¿Qué clase de país somos si tratamos así a nuestra propia gente?
He escuchado sus gritos en las caletas. He visto las lanchas bloqueando puertos no por rabia, sino por desesperación. Y lo entiendo. Porque ustedes no están pidiendo caridad. Están exigiendo respeto. Están diciendo con fuerza: “Este mar también es nuestro”. Y tienen razón.
A quienes gobiernan, les digo con respeto, pero con firmeza: Escuchen al pueblo. Escuchen a sus pescadores. No escondan la cabeza ni se escuden en tecnicismos de burócratas. Tienen la oportunidad histórica de corregir el rumbo. De escribir una nueva ley, justa, transparente, y nacida desde abajo. Háganlo por Chile, por sus hijos, por el alma de esta patria que tanto necesita justicia.
Quiero decirles, desde el fondo del alma: No están solos. Yo estoy con ustedes. Y estoy con cada joven, con cada mujer, con cada viejo curtido por la sal y el sol, que se niega a entregar su dignidad. Ustedes son los verdaderos defensores del mar. Ustedes son los que lo cuidan, los que lo conocen, los que lo respetan.
Y así, mis hermanas y hermanos, les hablo no solo como marino, abogado o patriota… les hablo como uno más de ustedes. Porque el dolor de la injusticia no distingue oficios ni apellidos. Porque cuando el mar, ese que nos dio identidad, historia y sustento, se convierte en botín de unos pocos, la patria entera está en peligro.
Hoy, ustedes han tomado su lugar en la historia, igual que lo hicimos nosotros aquel 21 de mayo. Solo que esta vez no hay un buque enemigo enfrente: El enemigo es el olvido, la codicia, y la indiferencia de parlamentarios quienes olvidaron al pueblo que los eligió.
Y es por eso que, desde lo más profundo de mi alma chilena, con la misma convicción con la que me lancé al abordaje en Iquique, vuelvo a levantar mi voz.
¡Muchachos, la contienda es desigual, nunca esperé que fuera distinta!
¡No se trata de vencer, sino de no dejar de luchar!
¡Mientras haya un solo pescador con dignidad en el pecho, esta lucha seguirá viva!
¡Aún tenemos patria, ciudadanos!
¡La tenemos en cada lancha que resiste, en cada red que se levanta, en cada hijo del mar que no se rinde!
¡Y si esa patria está siendo vendida, no dejaremos de defenderla!
¡Porque el mar no se entrega, se comparte!

¡Porque la patria no se negocia, se construye entre todos!
Así como me lancé al abordaje del Huáscar sin pensar en el mañana, hoy les pido a ustedes que aborden esta lucha con el mismo amor y coraje. Pero háganlo unidos, con altura, con humanidad.
Porque de esa unidad y dignidad depende el Chile que dejaremos a quienes vienen después.
¡A la mar, chilenos! Pero esta vez, no por la guerra, sino por la justicia.
¡A la mar, por nuestros derechos, por nuestras familias y por la dignidad del pueblo pescador!
¡MIL VECES VENCEREMOS!
Por Miguel Angel Rojas Pizarro
Psicólogo Educacional – Profesor de Historia – Psicopedagogo. Ex Cadete Naval – @Soy_profe_feliz
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