Diagnóstico
Hay diferencias obvias entre Donald Trump y otros presidentes de Estados Unidos. Es necesario e importante analizarlas. No hay que negarlas, pero también debemos considerar, siguiendo tanto la dialéctica materialista marxista como la lógica lacaniana del significante, que las diferencias e incluso las oposiciones siempre se establecen dentro de una identidad material estructural que da sentido a los términos que se distinguen y se oponen. Quiero hablar de esta identidad porque he notado que gran parte del pueblo mexicano, especialmente los sectores populares, la enfatiza al comparar a Trump con sus predecesores y, en particular, con Joe Biden.
Al igual que Trump, Biden fue un aliado incondicional del sionismo y un cómplice de Netanyahu en el genocidio palestino. El gobierno de Biden también violó sistemáticamente los derechos de los inmigrantes y los deportó masivamente, coincidiendo también en esto con Trump. Biden se asemeja igualmente a Trump en otros aspectos, como la subordinación del gobierno estadounidense a los grandes capitales, la defensa del capitalismo neoliberal, el favoritismo hacia sus allegados, el uso discrecional de los aranceles en favor de los Estados Unidos, la reproducción de relaciones comerciales no-equitativas con el Sur Global, la injerencia imperialista en otros países. Al considerar todo esto, uno casi podría afirmar que Biden era trumpista, quizás incluso casi tan trumpista como el mismo Trump.
Lo seguro es que Biden y Trump no son tan diferentes como parece a primera vista. Es difícil detectar diferencias cualitativas importantes entre ellos. Pareciera que las diferencias son más bien de intensidad o de grado. Quizás podamos decir que Trump es lo mismo que Biden, lo mismo, pero peor, en una peor versión. O tal vez sea más correcto sostener que Trump no es más que la continuación de Biden por otros medios, medios más bruscos, más extremos, como en Clausewitz, donde la guerra es la continuación de la política por otros medios.
Trump es algo así como un Biden sin corrección política. O mejor: Trump es Biden que sale del clóset. Trump es un Biden desacomplejado, menos hipócrita, más franco y sincero, o bien, si se prefiere, más desvergonzado, más obsceno, más cínico.
La mayor obscenidad y el mayor cinismo de Trump, así como sus demás atributos, no son obviamente sus atributos como sujeto, como sujeto del inconsciente, del deseo, tal como se concibe psicoanalíticamente. Son más bien, en terminología marxista, los atributos de Trump como cara, máscara o personificación particular del capital en un momento histórico preciso. Ya en 1848, Marx y Engels notaban lo cínico y obsceno que es el capitalismo en comparación con el feudalismo. Este cinismo y esta obscenidad se acentúan en el neoliberalismo y luego se acentúan aún más en el neofascismo, en la fase avanzada neofascista del capitalismo, tal como es personificada por Trump.
Lo personificado por Trump, el neoliberalismo neofascista, no es admitido como tal por muchos analistas políticos. Muchos lo consideran un oxímoron, una contradicción esencial y por tanto una imposibilidad. Según ellos, una misma cosa no podría ser al mismo tiempo neofascista y neoliberal, pues el fascismo sería lo contrario del liberalismo. Esta idea no sólo es una ilusión liberal, sino también a veces una estratagema para ensalzar el liberalismo por su contraste con lo más repudiado en el siglo XX. En cualquier caso, se trata pura y simplemente de un error, como lo demostró Franz Neuman al exponer de modo riguroso y minucioso el fundamento capitalista ultraliberal del nazismo.
Lo que Neuman demuestra es lo que siempre hemos sabido en la tradición marxista: que el nazismo y ahora el neonazismo, como el fascismo y ahora el neofascismo, son expresiones patológicas defensivas del capitalismo en sus momentos de crisis estructural profunda. Estas expresiones patológicas no son ni más ni menos que síntomas en el sentido estricto psicoanalítico del término, un sentido atribuible a Marx, como Lacan nos lo ha enseñado. En sentido psicoanalítico, el síntoma neofascista personificado por Trump es revelador, pues revela una verdad, una verdad que se disimulaba mejor con Biden y Obama.
La verdad revelada por Trump es la verdad del capitalismo. Esta verdad es la de las operaciones esenciales del sistema capitalista: división de clases, exacerbación de la desigualdad, concentración de riqueza en ciertos países y personas, explotación del hombre por el hombre, instrumentalización de leyes e instituciones, mercantilización y resultante corrupción de todo lo existente, anteposición del valor mercantil de cambio sobre el valor intrínseco de las cosas, degradación de la cultura, devastación de la naturaleza, extracción de lo vivo para convertirlo en más y más dinero muerto. Lo habitual es que todo esto sea encubierto y de algún modo reprimido por el Estado capitalista, pero Trump lo descubre, permitiendo así un retorno de lo reprimido. Trump opera así como un síntoma: como la personificación del síntoma neofascista del capitalismo.
Pronóstico
Uno puede sentirse reconfortado al ver cómo el aspecto sintomático cínico y obsceno de Trump confiesa al fin de manera clara, sincera y sin disimulo, al menos una pequeña parte de todo lo que el gobierno estadounidense ha sido siempre para nosotros en Latinoamérica. Para nosotros, Estados Unidos no fue jamás exactamente garante de nuestra democracia, nuestra libertad y nuestra prosperidad. Los gobiernos estadounidenses fueron más bien lo contrario: saboteadores de nuestra democracia, enemigos de nuestra libertad y causantes de nuestra pobreza, ya fuera como invasores, violadores de nuestra soberanía, expoliadores de territorios, saqueadores de recursos, patrocinadores de escuadrones de la muerte, promotores de golpes de Estado y aliados incondicionales de oligarquías opresoras y explotadoras.
Después de todo lo que Estados Unidos nos ha hecho desde el siglo XIX, ¿qué más podemos esperar? ¿Qué podría ser peor que todas las fechorías estadounidenses que hemos sufrido hasta ahora? Muchos mexicanos, tanto expertos como personas comunes, están alarmados al pensar que la designación de los grupos de narcotraficantes como grupos terroristas podría significar una justificación y una vía legal para que Estados Unidos ataque militarmente el territorio mexicano. Algunos temen que Estados Unidos nos haga lo que sabe hacer mejor: bombardeos masivos, destrucciones de ciudades, aniquilación de miles de personas y completa dislocación de la sociedad y del Estado, como en Irak, Afganistán y Siria.
Hay incluso quienes creen que el gobierno de Trump sería capaz de perpetrar, ya sea en México o en otros lugares, genocidios como el que el Estado israelí acaba de cometer en Palestina. Esto parece demasiado improbable, pero es verdad que hay profundas afinidades entre el neofascismo de Trump y el de Netanyahu, como se constató en la propuesta trumpista de limpieza étnica y desarrollos turísticos para Gaza.
En realidad, tras lo que ha pasado en Gaza, todos los excesos parecen permitidos. Quizás debamos ver en Gaza un experimento como el de la Guerra Civil Española justo antes de la Segunda Guerra Mundial. Así como Europa terminó sufriendo lo que había permitido que ocurriera en España, de igual modo el mundo podría sufrir ahora lo que ha permitido que ocurra en Gaza.
Lo que intento decir es que la violencia devastadora contra Palestina podría volverse una vez más contra Occidente. Es también lo que ocurrió en la Segunda Guerra Mundial para Aimé Césaire, quien supo ver en el nazismo y el fascismo un repliegue hacia el interior de la violencia colonial e imperialista neocolonial, de modo que Europa de pronto se hizo a sí misma lo que siempre había hecho en sus colonias americanas, asiáticas y africanas. El sadismo terminó así resolviéndose en su meollo masoquista.
Una de las grandes lecciones del psicoanálisis, una lección explicitada y explicada por Lacan, es que la autodestrucción está en el origen, en el centro y en el fin del rodeo de la destrucción. Es quizás por esto que la devastación capitalista occidental de la naturaleza y de otras culturas no tarda en volverse hacia la cultura occidental y podría terminar destruyendo el mismo capitalismo. El problema del sistema capitalista es que satisface directamente la pulsión de muerte a través de lo que Marx se representaba como el vampiro del capital que devora todo lo vivo para convertirlo en capital muerto. Esto distingue al sistema económico del capitalismo del sistema simbólico de la cultura en el que la pulsión puede extraviarse y subsistir como pulsión de vida.
Con el avance del capitalismo, la cultura va quedando subsumida en el capitalismo. La contabilidad capitalista va ganando terreno sobre el tejido cultural. Finalmente, sólo queda el sistema capitalista que ni siquiera puede sobrevivir a sí mismo, a su goce que Lacan entiende como acumulación, como posesión por la posesión, con la que se consuma la satisfacción de la pulsión de muerte.
El goce del capital, transmutando todo lo vivo en más y más capital muerto acumulado, no puede sino consumirse a sí mismo. Esta auto-consunción del capitalismo ya fue pronosticada por Lacan al introducir el discurso capitalista. La misma auto-consunción fue también prevista por Marx a través de sus leyes de la acumulación capitalista y de la tendencia decreciente de la tasa de ganancia. Al final, cuando todo se ha transformado en capital, ya no queda nada que transformar y el sistema colapsa.
El riesgo de colapso del capitalismo forma parte de lo que se revela sintomáticamente a través de Trump. ¿Acaso el neoliberalismo neofascista de Trump, con su aspecto obsceno y desvergonzado, no es la mejor expresión del discurso capitalista, del capital que tiende a eliminar todas las barreras para el goce, todas las mediaciones ideológicas, institucionales y políticas, para vincularse directamente consigo mismo y así destruirse a sí mismo? La cuestión ahora es si estamos ante el fin del mundo o el fin del capitalismo, pues al menos sabemos con certeza que sólo puede ser o lo uno o lo otro, ya que se trata de opciones mutuamente excluyentes.
Régimen terapéutico
Ante el goce del capital que se revela en Trump, hay un arsenal de estrategias que se han desarrollado en la tradición de lucha anticapitalista, que han confirmado repetidamente su eficacia y que siguen siendo eficaces hoy en día. No es preciso recordarlas ahora, pero sí conviene referirse a seis acciones o actitudes posibles en las que la sensibilidad marxista coincide con la freudiana y lacaniana:
1. Tenemos que desconfiar de los significantes que han entrado en la contabilidad capitalista. El gran Otro subsumido en el capital no es confiable como el del lenguaje. El sistema simbólico permite la reproducción de la cultura humana, pero el sistema capitalista sólo sirve para la acumulación del capital. El goce acumulativo de este capital será el que gobierne en última instancia los significantes que entren en la órbita de su sistema, como los que se inscriben en la industria cultural o en las redes sociales.
2. Aunque desconfiemos del capital, necesitamos confiar en el significante y en su poder. Es necesario seguir creyendo en el gran Otro, seguir tomándonos en serio, seguir hablando, seguir escuchando y discutiendo. No podemos limitarnos a actuar, pues la acción tan sólo tiene eficacia simbólica en la medida en que interpreta y escenifica los papeles de los significantes. El rechazo de estos significantes es parte del proyecto fascista que Walter Benjamin describió como estetización, entendiéndola como una imaginarización y desimbolización. El neofascismo es también un rechazo de lo simbólico, de la palabra y del pensamiento, en favor de la acción acéfala, imaginaria, especular.
3. Debemos evitar relaciones especulares imaginarias agresivas como aquellas en las que responderíamos al nacionalismo estadounidense con un nacionalismo canadiense o mexicano. Esto exacerba el nacionalismo que es parte del problema y no puede ser la solución. Ante el nacionalismo, la única alternativa es el internacionalismo. El lazo social entre sujetos absolutamente diferentes es lo que puede liberarnos del narcisismo de las pequeñas diferencias entre un yo omnipotente confrontado por el otro.
4. No deberíamos ilusionarnos con la omnipotencia imaginaria de nuestro yo. El individuo puede muy poco. La resistencia tan sólo puede ser colectiva, social y no individual, política y no psicológica.
5. Tampoco deberíamos psicologizar y así despolitizar lo que está ocurriendo. La coyuntura es política y no psicológica. El problema no es ni la personalidad ni el carácter ni el goce de Trump. El goce que debería preocuparnos es el goce impersonal del capital en el que estamos atrapados a través de nuestra producción y nuestro consumo.
6. Frente al goce del capital, debemos seguir el ejemplo de Antígona y no ceder sobre nuestro deseo. Tan sólo tendríamos que ceder tácticamente, ceder para no ceder, como Sygne de Coufontaine para Lacan. En cualquier caso, la radicalidad del no ceder es indispensable. Uno es radical por ir a la raíz, y la raíz es el deseo, un deseo como el del comunismo. Este ideal comunista debe seguir existiendo para mantener vivo el deseo correspondiente, pero también para no acortar el espectro político de posibilidades. Cuando se pierde la derecha consecuente que permanece fiel a su radicalismo, todo se desplaza hacia la derecha: la izquierda se vuelve centrista, el nuevo centro se torna derechista y la derecha se convierte en extrema derecha.
Por David Pavón-Cuéllar

Traducción al español de la intervención en el debate “Geopolitical Discourses in the Americas”, moderado por Hilda Fernández y organizado por Lacan Salon de Vancouver, Canadá, el sábado 15 de marzo de 2025.
Blog del autor, 15 de marzo de 2025.
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