El paro estudiantil nos ha dado muestras no sólo de la capacidad de organización del estudiantado sino de su calidad humana.
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Sus peticiones y demandas no sólo se pueden cumplir en el “corto plazo” como dice la administración universitaria, sino que no cumplirlas sería absolutamente injustificable.
¿Cómo es posible que hayan tenido que declararse en paro para tener un baño decente e incluso para tener una banca en la cual sentarse?
¿Cómo es posible que hayan tenido que declararse en paro para contar con los insumos indispensables para alcanzar una formación sólida en la disciplina de su elección?
¿Cómo es posible que hayan llegado a tal grado de inseguridad al interior de la universidad que vivan amenazados porque sus denuncias de acoso y maltrato nunca son atendidas?
Y aquí advertimos que la conducta reprobable de algunos(as) docentes, en lugar de ser investigada y sancionada, ha servido para que las autoridades y funcionarios vean en ello una tabla de salvación, porque ahora pretenden constituir dos bloques opositores, el estudiantil y el magisterial, para aparecer como inocentes de toda responsabilidad y convertirse en los jueces y verdugos de todos, velada y oscuramente de los primeros y pública y ostentosamente de los segundos, convertidos en fáciles chivos expiatorios.
Sin embargo el estudiantado, maduro, no se va a tragar su burda estratagema.
Les voy a relatar un episodio de mi vida universitaria.
Había solicitado un permiso por superación académica, pues era ya maestra de tiempo completo en el Colegio de Filosofía de la entonces Escuela de Filosofía y Letras y como alumna de la Maestría en Ciencias del Lenguaje fui elegida por mis compañeros(as) como su representante ante el Consejo de Gobierno, un organismo paritario que sustituyó a los Consejos Técnicos estatuidos por la Ley Orgánica de 1963.
El entonces coordinador de la escuela, ya no se les denominaba directores, electo por voto universal, aprovechó que llevé a su oficina un documento para ser discutido en el Consejo de Gobierno para iniciar una investigación administrativa en mi contra. Hasta la fecha desconozco las razones aducidas, lo que sí sé es que nos consideraba como opositores a su gestión. Imagínense, qué expediente tan expedito y sencillo para deshacerte de tus opositores políticos.
Consulté con compañeros(as) y colegas quienes opinaban que como maestra buscaban rescindirme, pero como estudiante mi caso correspondía ser atendido por el Consejo Universitario.
No esperé a ver qué tribunal me asignaban. Al contrario, visité cada salón de clases de la escuela y especialmente al Colegio de Psicología, pues el coordinador había ganado gracias a ese apoyo estudiantil mayoritario. Expuse a las y los estudiantes mi situación y les pedí su apoyo. Era obvio que se trataba de una persecución política y que sólo una acción política podía obrar el milagro de que no me expulsaran como alumna o me rescindieran como maestra.
El apoyo rotundo y la solidaridad incondicional de las y los estudiantes obró el milagro. La coordinación se desistió.
Diez años después, en 1996, volvería a sentir y a vivir ese mismo apoyo como candidata de oposición a la dirección de la ya Facultad de Filosofía y Letras, cuando arrasé con el voto estudiantil y buena parte del voto magisterial, pero no “gané”. Un ejemplo temprano de lo que hoy vive el estudiantado cuando vota abrumadoramente por su candidato(a) y, de todos modos, “pierden”.
¿A quién deben pues estas derrotas las y los estudiantes sino a quienes operan las elecciones y obtienen los beneficios directos de sus resultados?
La alianza natural se da entre estudiantes y docentes, pues su relación está permeada por el respeto y el reconocimiento mutuos, pero la manipulación y los recursos con los que cuentan autoridades y funcionarios son empleados a fondo para salvar su cabeza y ofrecer cómodamente la del magisterio: un chivo expiatorio perfecto.
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